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El inicio de un camino - Historia de Personaje - capitulo 2

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El inicio de un camino - Historia de Personaje - capitulo 2

Mensaje por Siegfried Dubhe D Alfa el Mar Feb 11, 2014 10:55 pm

Mi tío me había llevado hasta Loguetown para dar inicio a lo que seria mi entrenamiento, un que este pensaba adentrarse en las profundidades de aquella isla mas próxima al Gran Line. Luego de recorrer el lugar Edward considero apropiado descansar en una posada.

La posada era mucho más grande y lujosa que cualquiera de los lugares que alguna vez había conocido, y la comida que brindaba este lujoso lugar era diferente a todo lo que yo había probado algunas ves. Tomamos anguila con salsa picante y pescado de agua dulce, así como también barias raciones de arroz, mucho mas blanco que el que podía encontrar en mi isla natal, donde con suerte era posible comerlo tres veces al año. Por primera vez bebí vino de arroz, el cual denote algo agrio. Mi tío Edward se encontraba de excelente humor –“flotando” como solía decir mi madre-. Su congoja y su silencio habían desaparecido. El vino también había lanzado su eufórico hechizo sobre mí.

Cuando terminamos de comer mi tío me pidió que fuera a dormir, pues el iba a dar un paseo para tomar el fresco y despejar la cabeza. Las criadas entraron en la alcoba y la prepararon para la noche. Me tumbe y escuche los sonidos de la oscuridad. La anguila y tal vez el exceso de vino por mi parte, me habían alterado y me habían agudizado los oídos, lo cual me despertaban por cada agudo lejano sonido. De vez en cuando oía ladrar a los perros de la ciudad; uno empezaba y los demás se unían al alboroto. Momentos después caí en la cuenca de que era capaz de distinguir el ladrido de cada uno de ellos. Reflexione sobre los  perros, sobre como sus orejas se movían nerviosamente mientras duermen y como solo algunos sonidos los perturban. Tendría que aprender de ellos, pues de lo contrario nunca volvería a dormir luego de beber alcohol.

Cuando a medianoche escuche el tañido de las campanas del templo, me levante y acudí a la letrina de la taberna. El sonido de mi orín retumbaba como el de una cascada. Me lave las manos  en el aljibe del patio y me quede quieto unos instantes, escuchando.

Era una noche tibia y tranquila, la luna llena del octavo mes se aproximaba. En la posada reinaba el silencio, pues todos dormían en sus aposentos; los grillos se escuchaban en los arrozales, y una o dos veces escuche el ulular de un búho. Al subir sigilosamente los escalones que conducían al porche, oía la voz de mi tío. Por un momento pensé que había regresado a la alcoba y me hablaba a mí, pero una vos de mujer le respondió.

Al parecer este estaba de trampas, yo sabia que no debía escucharles. Se trataba de una conversación en voz baja que nadie salvo yo podía percibir. Entre en la alcoba, deslice la puerta hasta cerrarla y me tumbe sobre el colchón deseando conciliar el sueño, pero mis oídos anhelaban un sonido que me era posible negar, y en ellos fueron entrando cada una de las palabras pronunciadas.
Hablaban del amor que se profesaban, de sus escasos encuentros y sus planes para el futuro. Muchas de las frases que se decían eran cautas y breves, y por aquel entonces yo no entendía bien su significado.

A continuación los susurros dieron paso a otros sonidos; los de la pasión entre un hombre y una mujer. Quizás esta señora que acompañaba en a mi tío era su esposa, no sabría si cuando lo viera debería preguntarle o simplemente guardarme en silencio. En ese entonces me jure a mi mismo que nunca contaría lo que estaba escuchando.
No volví a ver a la dama. Al día siguiente, partimos temprano, una hora después del amanecer. La mañana era tibia. Los monjes rociaban con agua los claustros del tempo y el aire olía a polvo. Las criadas de la posada nos habían traído te, arroz y sopa antes de nuestra marcha. Una de ellas ahogo un bostezo al colocar la fuente delante de mí, y después se disculpo entre rizas. Se trataba de la misma muchacha que cuando partimos de la posada, salio a nuestro encuentro y grito –buena suerte muchachos-

-Ojala nos hubiéramos quedado una noche mas- mi tío soltó una carcajada y se burlo de mi diciendo que tendría que protegerme del acoso de las muchachas de Loguetown. Aunque apenas había podido dormir la noche anterior, el buen humor del revolucionario era evidente y avanzo a grandes zancadas por la carretera, con mas energía de la habitual. Yo pensaba que tomaríamos el camino de  postas hasta el lugar indicado, sin embargo, atravesamos  la ciudad siguiendo el curso de las calles. Cruzamos por un cuartel de la marina, y por un teatro callejero el cual era utilizado para acecinar piratas, y una vez mas dirigimos nuestros pasos hacia la cima de una montaña.

Llevábamos víveres de la posada para alimentarnos durante la jornada, ya que una vez que dejáramos atrás la ciudad no veríamos un alma. El sendero, angosto y solitario, era muy empinado. Cuando llegamos a la cima, hicimos un alto para comer. Atardecía, y el sol proyectaba sombras inclinadas sobre la llanura que se extendía a nuestros pies. Más allá, hacia el este las interminables cadenas de montañas adquirían un tinte azul y grisáceo. Mi tío me contó como entre esas montañas hacia ya muchos años se había librado una batalla por el dominio de Loguetown, aunque esto pareciera una broma de mi tío en ese entonces me quede mirando fijamente la llanura vacía, incapaz de imaginar como seria una batalla. Pensé que la sangre de de los hombres empapando las tierras. En la húmeda bruma, el sol iba adquiriendo un tono rojizo. –aquel sol significa que tendremos que dormir esta noche en la intemperie, con la hierba por almohada, pues no hay ninguna otra posada por los alrededores en la que alojarnos. Atravesaremos la montaña y llegaremos al territorio donde dará inicio tu entrenamiento-

Yo no quería pasar la noche en la llanura solitaria, me asustaban los fantasmas que podían deambular por la noche, puesto que a nuestros pies se encontraba esa batalla anteriormente nombrada por mi tío. El murmullo de un torrente sonaba en mis oídos, como la voz del espíritu de un lago situado a pocos metros de nuestro campamento y cada vez que un zorro aullaba o una lechuza ululaba, me despertaba con el pulso acelerado. En un momento dado, la tierra tembló ligeramente, haciendo que los árboles crujieran y que algunas rocas lejanas se precipitara al vació. Me parecía oír la voz de los muertos clamando venganza e intente rezar, buscando la calma en mis oraciones.

A mi lado mi tío Edward dormía placidamente como si se encontrara en la alcoba de la posada, y sin embargo yo sabia que el estaba al tanto, aun mas que yo mismo, de los peligros de la noche. Reflexionaba yo, estremecido sobre el mundo en el que me estaba adentrando: un mundo del que nada sabia, el mundo de los espadachines, con sus inmutables normas y sus brutales códigos de honor, al cual me dirigía hacia el por el deseo de ayudar a mi familia.

Nos levantamos antes del amanecer y, cuando el cielo adquirido un tono grisáceo, descendimos por la montaña.
Aquel atardecer nos encontró alcanzando una casa increíblemente grande, la cual contaba con distintos decorativos que la hacían mucho mas pintoresca, este lugar estaba rodeado por un bosque, el cual ocultaba unos lagos, con un agua cristalina y llenos de peces. Cuando llegamos a la gran casa, todos conocían a mi tío, y salieron a saludarle con exclamaciones de júbilo y se arrojaron al suelo ante él. Prepararon los mejores aposentos, y a la hora de la cena fueron apareciendo manjares a cual mas delicioso. Mi percepción de mi tío estaba cambiando. Sin duda, yo sabia que procedía de cuna de guerreros, pero en ese entonces no acertaba a conocer quien era exactamente o cual era su función en los revolucionarios.

A la mañana siguiente mi tío vino a mi cuarto vistiendo atuendos diferentes, más nobles y costosos. Tras desayunar abundantemente en el lobby de aquella casa, mi tío se paro y dijo –bueno Sigfried, esta acá llegamos a partir de hoy comienza tu entrenamiento-
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Siegfried Dubhe D Alfa

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